Blanco y negro desde la mirada: capturarlo en el origen o descubrirlo después
La fotografía no nació en blanco y negro porque alguien lo decidiera. Nació así porque no había otra opción.
En 1826, NicéphoreNiépce realizó la primera imagen permanente conocida, VistadesdelaventanaenLeGras. No tenía color. No era una elección, era lo único posible. La imagen se obtuvo sobre una placa de peltre recubierta con betún de Judea, un material fotosensible que se endurecía con la luz. Tras varias horas de exposición, las zonas no endurecidas se disolvían, dejando fijada la imagen.
Durante décadas, la fotografía se desarrolló así: en una escala de grises donde todo se resolvía en luz y sombra. Con el tiempo, aquello que empezó como una limitación acabó construyendo una forma de mirar. Las imágenes no dependían del color para sostenerse, sino de cómo estaban organizadas: cómo entraba la luz, el peso de las sombras, la relación entre lo que aparecía y lo que quedaba fuera.
Los primeros intentos de incorporar color llegaron relativamente pronto. En 1861, JamesClerkMaxwell demostró que era posible reproducir el color mediante la superposición de tres imágenes en blanco y negro tomadas con filtros rojo, verde y azul. No era un proceso práctico, pero sentó la base de cómo entendemos el color hoy. Más adelante, ya a principios del siglo XX, los hermanos AugusteLumière y LouisLumière desarrollaron el Autochrome, el primer proceso de color viable, basado en millones de granos de fécula de patata teñidos que actuaban como filtros sobre una placa de vidrio, generando una imagen en color con una textura muy particular.
Y aun así, el blanco y negro no desapareció. Dejó de ser una imposición técnica para convertirse en una decisión.
Hoy, sin embargo, muchas veces aparece al final del proceso. Como un filtro. Como una solución rápida cuando una imagen no termina de funcionar o cuando se busca una estética determinada. Se elimina el color para simplificar, para dramatizar o simplemente porque “queda bien”. Pero no es lo mismo quitar el color que trabajar sin él desde el principio.
En el caso de cámaras pensadas específicamente para blanco y negro, como la RicohGRIVMonochrome, esta diferencia no es solo conceptual, es física. Elsensornointerpretaelcolor, loeliminadesdeelorigen. No hay conversión posterior. Cada píxel recoge únicamente información de luminancia, es decir, luz. Eso hace que la relación con la imagen sea más directa: hay más precisión en el contraste, más detalle en las texturas y una lectura más clara de cómo la luz construye la escena. No es una imagen convertida después, es una imagen que ya nace así.
En la práctica, eso se siente de una forma muy concreta. No estás pensando en convertir la imagen más tarde. Estás viendo ya en blanco y negro. El mundo se simplifica en tiempo real. Dejas de distraerte con el color y empiezas a leer la luz de otra manera, casi física. El ritmo cambia: disparas menos, pero con más intención. No porque quieras hacerlo mejor, sino porque todo se vuelve más evidente. O la imagen está ahí, o no está.
Y ahí es donde, para mí, todo encaja. Trabajar únicamente en blanco y negro tiene que ver con miformadeentenderlafotografía: la sombra, la deconstrucción, el silencio, la imperfección, el barrido, el ruido. Todo aquello que no es limpio ni evidente, pero que tiene peso. El blanco y negro no lo simplifica, lo hace más visible.
Una sombra que atraviesa una pared, un reflejo que aparece y desaparece, un rostro dividido entre luz y oscuridad. La imagen se sostiene en eso. Si no funciona ahí, no hay nada que la salve después. Por eso el blanco y negro es exigente. No permite esconderse.
Como escribe Jun’ichirōTanizaki, la sombra no es ausencia, sino aquello que permite que la luz exista. Cuando trabajas desde esa lógica, esa relación deja de ser una idea y pasa a convertirse en algo visible, casi físico. En ese sentido, fotógrafos como DaidoMoriyama o TakumaNakahira llevaron el blanco y negro hacia una experiencia más directa, menos limpia, más cercana a una sensación que a una explicación.
Vivimos en un momento en el que la producción de imágenes es constante. Se hacen fotografías de forma casi automática, se aplican filtros, se comparten y desaparecen con la misma rapidez. En ese contexto, trabajar en blanco y negro desde el origen puede entenderse como una forma de frenar ese ritmo, no como una negación del presente, sino como una forma de atención.
En mi práctica, el blanco y negro no busca embellecer ni dramatizar. Funciona como un espacio donde la imagen pierde literalidad y empieza a sugerir, donde lo importante no es solo lo que se ve, sino lo que queda fuera. Donde la fotografía deja de explicar y empieza a abrir preguntas.
No es una cuestión de estilo. Es una forma de mirar.